Paysandú histórico

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La primera defensa

En su obra “Estampas sanduceras” el Padre Baldomero Vidal realiza una especial reconstrucción de la primera defensa de Paysandú bajo el título de “Uno contra cuatro”. Relata Vidal: “Hacía seis meses que el Cura de Paysandú, Don Silverio Antonio Martínez, se había visto por última vez con el capitán Francisco Bicudo, ahora ya ascendido a teniente coronel de Blandengues: desde la célebre y fracasada conferencia de Casa Blanca, el 11 de febrero de 1811.
Desde su casa parroquial, había seguido con ansia y con interés las hazañas con que los patriotas iban inmortalizando el sueño de la Patria.
¡El Colla, San José, Las Piedras, la Colonia, el sitio de Montevideo!
Paysandú soportaba la presencia de sus opresores: españoles, comandados por el vecino coronel Don Benito Chain; portugueses a cuyo frente esta el furriel de Milicias, Bentos Manuel Riveiro.
De repente, corre por el esquilmado Pueblo la noticia de que Bicudo, con una partida de patriotas, ha pasado el Río Negro y se dirige sobre Paysandú. ¿Serán muchos? Por las dudas, Chain se retira con sus hombres a sus dominios de San Javier; Riveiro, con los suyos sale hacia el Norte, en busca de gente con que reforzar la escasa guarnición.
Picudo, desde el Pantanoso, se entera de que el Pueblo ha sido abandonado por sus defensores, y entra en él con sus treinta paisanos: ¡era toda su fuerza!
--¡Bienvenidos seais los redentores de la Patria!—exclama el patriota Párroco, saliéndoles al encuentro. Y quiere oír de boca de su amigo el relato de las batallas realizadas hasta entonces, cuyos borroso ecos sólo han llegado hasta él.
--También está con nosotros el capitán Redruello—añade Bicudo, haciendo adelantar al nombrado para que estreche la mano de Don Silverio. Eran viejos amigos: cuando Redruello estaba al frente de la fuerza que defendía el pueblo de Belén, el Cura Martínez le había puesto al corriente del grito de libertad dado por los patriotas en Asencio.
--Pero tomemos precauciones; esos portugueses no me gustan nada; han de volver, de fijo.
--Si – subraya el Cura; --ese Riveiro tiene mala entraña. Ha ido a buscar refuerzos.”

La recreación del sacerdote Vidal continúa en estos términos: “Y tratan de apercibirse a la defensa.
--¿Hay armas en el Pueblo?
--Ningunas que sirvan. Ahí quedaron cuatro cañoncitos inservibles, por eso los dejaron. A fuerza de buscar, acaso encontraremos alguna carabina, algunos sables, alguna libra de pólvora.
--No le hace: nos defenderemos aunque sea con las uñas. ¿Y hombres?
--Menos: los de armas tomar han sido ya requisados por los godos, o se han largado por su cuenta para incorporarse con las partidas de la Patria.
--Pues bien, muchachos: a prepararse que la función ha de ser sonada.
Y el jefe de aquel puñado de bravos empieza a tomar las providencias del caso: dispone la defensa del Pueblo contra un posible ataque y manda sus avanzadas a las afueras, para espiar los movimientos del enemigo cuando este se acerque, porque está seguro de que no se hará esperar mucho.
Y así fue, en efecto. No pasaron muchos días cuando anunciaron a Bicudo que los lusitanos, comandados por Bentos Manuel Riveiro habían cruzado el Paso de las Piedras del Queguay, y que serían unos doscientos.
--Muy buena posición es Paysandú para dejársela a esos portugueses—dijo el valiente jefe, --la defenderemos a toda costa.
Los espías seguían paso a paso los del portugués, y Bicudo estaba enterado de todos ellos; por eso, lejos de temer una sorpresa, quiso dársela el mismo a los invasores. Contó a su gente: a los treinta que había traído consigo, se habían incorporado unos veinte más; disponía, pues, de cincuenta hombres, la cuarta parte de los que traían los enemigos. Dejó una parte de ellos parapetados en la plaza y salió con los otros, tendiéndoles en guerrilla por las proximidades del arroyito de La Curtiembre.
Era la mañana del 30 de agosto.”

Comienza el combate, según describe Baldomero Vidal en su trabajo sobre la “Defensa” de 1811: “Apareció en la cuchilla, cautelosamente, la fuerza de Bentos Manuel, y, al tenerlos a tiro, los emboscados defensores hicieron una descarga cerrada, que causó a los lusitanos algunas bajas y produjo en ellos cierta confusión que aprovecharon los patriotas para retirarse rápidamente a la plaza y ocupar sus puestos de defensa.
Reorganizados los portugueses y dándose cuenta de su superioridad numérica, se detuvieron a corta distancia y mandaron un furriel en actitud de parlamento, para que propusiera a Bicudo la rendición; donde no, “harían fuego contra ellos conforme a las leyes militares”.
--Diga a sus jefes—contestó el valeroso comandante-- que dispongo de doscientos hombres para hacerles frente, y que espero su ataque.
--¿es su última palabra?
--¡La última!
Volvió grupas el furriel y entró Bicudo en la plaza para dar las órdenes oportunas a los defensores, cuyo número había exagerado para intimidar a los atacantes. Los cuales, en vista de la categórica manifestación, y acaso con noticias exactas de la escasa guarnición del Pueblo, se dispusieron al ataque.
Aquello fue un torbellino. Rodearon los portugueses el estrecho recinto de la plaza y lo atacaron por los cuatro costados, mientras los defensores trataban de multiplicarse para hacer frente a los enemigos. Como leones acorralados, defendían bravamente el terreno y sus vidas, vendiéndolas caras. Una hora hacía ya que duraba el encuentro; de los defensores, muchos yacían sin vida, otros heridos, y a los demás les faltaban las municiones; los tiros eran menos frecuentes y la caballería lusitana había irrumpido en la plaza. La lucha había terminado.”

En su relato “Uno contra cuatro” de “Estampas Sanduceras”, el presbítero Baldomero M. Vidal describe luego escenas registradas al finalizar la lucha de patriotas y portugueses por el pueblo de Paysandú: “Don Silverio Antonio Martínez, que con riesgo de su vida trataba de socorrer y absolver a los que caían gravemente heridos, vió caer a su amigo Bicudo con un balazo en el pecho; corrió a sostenerlo en sus brazos y, después de absolverle, dejándole aún con vida, acudió a José Mariano Ramírez, hermano del futuro caudillo entrerriano, que allí cerca se desangraba por un profundo lanzazo recibido. Mientras absolvía a este otro valiente, oye a sus espaldas a un portugués que exclama satisfecho:
--¡Tu ya no volverás a darnos fastidio!
Se vuelve apresurado y ve a un cabo lusitano llamado Padilla, que con la daga ensangrentada en la mano, contemplaba el cadáver de Bicudo, a quién acababa de degollar. Indignado, el sacerdote, al ver acto de inútil crueldad, increpó a su autor diciéndole:
--¿Porqué hace eso con un hombre herido? ¿No tiene vergüenza?
--Es que este nos había hecho mucho fuego—contestó el portugués, satisfecho de haber así acabado para siempre con aquel enemigo.
Y siguió el celoso Párroco asistiendo a todos los que aún alentaban entre los heridos.”

Culmina la descripción del Padre Vidal de aquella heroica gesta patriótica del 30 de agosto de 1811 con esta dramática escena: “Junto al cadáver de un caballo, que le apretaba una pierna, vió el sacerdote el cuerpo de un soldado que jadeaba, oprimiendo aun en su mano derecha una carabina; acudió presuroso a su lado y por entre las guedejas de la lacia melena que le cubría el rostro, reconoció a una mujer.
--¡Si es la China María!—exclamó lleno de asombro. –María –prosiguió, tratando de librarla del peso del caballo --¿Estás heridas?
Pero sus mismos ojos le dieron la respuesta, viendo que se desangraba por una ancha herida del cuello; la atendió como pudo, y después de absolverla le preguntó:
--¿Cómo es eso? ¿Cómo estás tu aquí?
Y ella, luchando con los últimos estertores contestó con un hilo de voz:
--Mi hombre… está… lejos.. con los patriotas… Yo… ocupé su lugar.
Y era cierto: José Abiaré, su marido, estaba incorporado a una partida de patriotas; ella, la “China María”, como la llamaban,

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